Después de leer a varias de mis compañeras blogueras comentar como fue su parto, voy a intentar hacer memoria del mio, para ello he sacado mi libro de embarazada, de Grijalbo que tenía en el baúl de los recuerdos.

No utilicé mucho el libro, porque con el trabajo se me olvidaba que lo tenía, pero me gustaba simplemente ir leyendo como era mi niña en cada semana. Anotamos también presupuestos para decorar su habitación, detalles que queríamos, nombres, cómo nos sentíamos…

Semana 39. El domingo 14 de marzo pierdo el tapón mucoso y las contracciones no dolorosas se vuelven molestas. El lunes 15 voy a trabajar como siempre a la academia toda la tarde. Ni una molestia fuera de las habituales. Vuelvo a casa. Cenamos. Descansamos en el sofá (yo en mi amaquita veraniega que era el único sitio donde me sentía “cómoda”. Pero nos interrumpe un sobre salto. De repente noto como si un globo  hiciera “pum” dentro de mi y rompo aguas. “Tranquilidad” dice mi marido”, “llama a tus padres”. Los abuelos nos llevan al hospital (tras mi ducha y cambio de ropa, que yo ya estaba en pijama).

Pasamos la noche entre contracción y contracción, no muy fuertes. Acompañados eso si por una embarazada que me decía que no pidiera la epidural… a las dos horas entre palabras malsonantes, ella decía “llama a la enfermera y que me pongan la epidural!!!”. La mañana se me pasa entre correas y monitores. Me adormezco entre contracciones. Me exploran y deciden ponerme via vagina las hormonas para que el parto se acelere. Eso provocó que las contracciones fueran muy irregulares y muy seguidas, pero yo no había dilatado lo suficiente.

A las 3 de la tarde ya estaba yo en paritorio. El matrón, si es que se puede decir así, me preguntó si quería epidural. Yo en principio no tenía nada pensado, si aguantaba, tiraba sin epidural. Fue él quien me aconsejó ponermela, “no tienes descanso entre contracción y contracción, cuando tengas que empujar no vas a tener fuerzas”. Vino el anestesista. Yo no paraba de temblar por las contracciones y no podía ni moverme. Hacía las respiraciones. Como pude me senté, incliné la cabeza, me pusieron los brazos sobre una almohada delante de mi cuerpo, “no te muevas”. Sólo sentí un pinchacito y empecé a relajarme. Y hasta me olvidé que tenía que parir. Ahora ya ni me molestaba cuando me exploraban, una y otra vez. “Tu niña viene con la carita hacia delante, intenta empujar a ver si podemos recolocarla”. Nada, no había manera. “¿Hace cuanto que no has orinado?” Ni me acordaba… por lo menos desde las 12 de la mañana. “Tenemos que ponerte una sonda”

Las palabras que mejor recuerdo fueron las que me dijo la gine antes de ir para el quirófano: “Tu hija ya lleva un rato sufriendo, podríamos esperar una hora más para ver como evolucionas, pero ¿qué necesidad tiene de sufrir?” Cierto. Yo lloraba de impotencia, quería tomarla en brazos cuando naciera, que su padre estuviera con nosotras, disfrutar de aquel momento soñado. Mi marido: “no te preocupes, que todo saldrá bien” Yo no le tenía ningún miedo a la cesárea.

Más anestesia. Temblores incontrolables. “Te pondré algo para calmar esos temblores en cuanto saquen a tu niña”. Yo trataba de sonreir, y recuerdo que hablaba mucho. No quería entorpecer su trabajo con llantos absurdos, ya estaba todo decidido. En el quirófano no reconoces a nadie. Todos llevan sus mascarillas y el pelo tapado por los gorros. Pero todos me preguntaban cosas, supongo que para hacerme sentir bien. “¿Y cómo se va a llamar?” Fueron muy amables.

Para mi duró poco rato. Son las 16.55. Pesa 3,690 kg, mide 51 cm. Me la enseñaron cuando salió y la oí llorar. Consciente de que me quedaba muuuuuuuuuuucho rato para verla, trataba de relajarme. Al salir de quirófano escuché la voz de mis padres y mi marido. Lloraba. Pasé dos horas en el despertar. Quería dormir, que pasara rápido. ¿Dónde estaría mi niña? ¿Y con quién? Mi madre no se separó de la ventana que daba al nido en todo momento y mi marido tampoco.

Eran las ocho de la tarde cuando me subieron a planta. Y la conocí. Yo agotada. Mis padres no paraban de hacer fotos. Aquella noche dormimos separados para descansar. A las ocho de la mañana me la trajeron porque no paraba de llorar (pobrecita mia) Y la puse al pecho, y se enganchó.

Ése fue mi momento, el que disfruté dando de comer a mi hija. Solos los tres, en aquella mañana fresca de casi primavera, donde el cielo de Granada estaba cubierto por un velo gris, y la llovizna refrescaba las calles.

Ahora después de 28 meses de que sucediera, lo veo más claro. Ya no me siento culpable, no nació via vaginal ni la tuve entre mis brazos al nacer, pero viví otros momentos que para mi fueron inolvidables.