Brisa, mi perrita, llegó a casa antes que mi niña, prácticamente un año y medio antes. Una vez que llegó el bebé, no fue difícil la convivencia, Brisa se paseaba todas las mañanas hasta su cuna para ver si estaba, salíamos las tres juntas, mi niña en su cangurito.

Lo complicado vino, cuando la niña tuvo que empezar a pasearse por el suelo. Entonces hubo que estar pendiente de que no le hiciera ninguna travesura a Brisa y empezaran a convivir. Y cómo los bebés aprenden por imitación, ella hacía lo que nosotros, la acariciaba y yo le decía: suave, suave.

¿Y la limpieza? Pues nada, todos los días a pasar la aspiradora y a fregar. Claro que para eso había que sacar tiempo y aprovechar los ratos que ella dormía. Y para la tarea no había ni sábados ni domingos… Todo eso hasta que se puso en pie. Cuando empezó a agarrarse a los muebles y a empezar a andar, me relajé. Pasaba la aspiradora y fregaba cada dos días (el del medio sólo barría).

Ahora, con dos años de mi niña, la precaución es que no la achuche más de lo necesario con sus “ayyyyyyyyyyyyyyyyy”. La quiere llevar a todas partes y Brisa no se deja, así que ahí estamos mediando. Y lo peor, ella come y Brisa también, no se separa de su lado, porque cae de todo…